Así fue mi operación.

Todo ha ocurrido mucho más rápido de lo que me esperaba. Después de que este verano me dijeran que me tenía que operar el tabique nasal, el pasado once de septiembre tenía la primera cita en el hospital para empezar con el proceso del pre-operatorio… y ya estoy operado.

En aquella primera visita del pasado once me dieron cita, el diecinueve, con el anestesista, a la espera de la cita de la operación. Una semana después me llamaban para decirme que la operación sería el pasado tres de octubre, el jueves. Casi no he tenido tiempo para reaccionar. Yo pensaba que iban a tardar más, pero no. Justo después de acabar las vacaciones, tres días de trabajo y al quirófano.

Los días de antes a la operación fueron de incertidumbre. No sabía muy bien lo que me iban a hacer en la nariz. Me habían contado muy poco y la gente me había hablado demasiado de la tortura del post-operatorio. Todo el mundo resultaba conocer a alguien que se lo había hecho y me decían que me preparase, porque lo iba a pasar muy mal. Yo pensaba que, después de lo del hombro, cualquier cosa que me viniera podría soportarla. No me daba miedo eso. Yo lo único que quería era que no me deformaran la nariz y poder respirar con normalidad. Miré cosas sobre cómo se hacía la septoplastia y me hice una idea de cómo me arreglarían el tabique. Lo que sí me habían dicho era que no me iban a levantar la nariz, puesto que lo que me iban a hacer era por dentro. El hueso por fuera estaba bien. Era solo el cartílago lo que tenían que arreglar, lo que da precisamente forma a la punta de la nariz. No es que me quitara el sueño, porque confiaba que todo saliera bien, pero en los informes que me dieron para saber lo que tenía que hacer antes y cómo sería después ponía que una posibilidad era que la nariz se torciese, por mucho que la otorrinolaringóloga que me vio me dijera que eso no iba a ocurrir.

De todas formas los días de antes los pasé tranquilo. No tenía miedo y me negaba a ponerme nervioso. Era algo por lo que tenía que pasar y ya está. Era una experiencia nueva, ya que nunca me habían operado ni había estado ingresado en el hospital ni nada, aunque mi ingreso iba a ser ambulatorio. Iría por la mañana, me operarían y, en cuanto pudiera caminar, me iría a recuperarme a casa.

El jueves por la mañana llegó. Pasé la noche tranquilo, dormí con normalidad y me levanté muy calmado, preparado para lo que me tuvieran que hacer. Varias veces en los días anteriores me preguntaron si estaba nervioso, si tenía miedo y, aunque creo que no se lo creían, respondía que no y era verdad. Supongo que nadie se imaginaba que no estuviera nervioso, pero es que no lo estaba. Mi tranquilidad me sorprendía a mí mismo, no porque pensara que eso fuera a darme miedo ni nada, sino porque yo de por sí soy hipernervioso, pero estaba muy, muy tranquilo.

A las nueve menos diez de la mañana estaba en el hospital de La Princesa acompañado del wiccano. Tenía mi cita a en punto y tampoco quería llegar con mucho tiempo de antelación, ya que las esperas en los hospitales son muy largas. Fuimos dando un paseo. Estaba en ayunas y sin bebér ningún líquido. Me había quitado todos los piercings del cuerpo y el anillo, como me habían pedido. Sabía que al menos el del cartílago de la nariz, después de la operación, lo iba a perder. No importaba, ya me lo haría otra vez.

En la sala de espera de la planta cuarta me llamaron al poco tiempo y me pasaron a un vestuario, solo para mí. No iba a tener habitación, pero el vestuario era tan grande como mi salón. De ahí, con solo el camisón azul de estos que parecen de papel y unos patucos verdes del mismo material me pasaron, ya solo, a la habitación compartida donde esperaría a que me llevaran al quirófano. Por lo que oí comentar allí al personal del hospital, se trataba de un pasillo con sus habitaciones donde habían tirado todas las paredes, convirtiendo la zona en una habitación enorme con muchas ventanas a ambos lados. Al entrar a la derecha había una fila con unas cinco o seis camas. A la izquierda estaba la zona del ATS y enfermero/a, con todos sus utensilios necesarios, y una fila de sillones como estos de los dentistas, pero más grandes, que se podían convertir en una especie de camilla. Tanto las camas como los sillones iban acompañados de una máquina que colgaba del techo con una pantalla para las constantes vitales, tomar la tensión y poner el gotero. Me asignaron el sillón catorce y allí me senté, solo, a ver el tiempo pasar. Tenía al lado un hombre mayor que dormía y roncaba y dos sillones más allá llegó después una mujer (que oí que se iba a hacer lo mismo que yo). En las camas de enfrente había dos personas tumbadas y una tercera que llegó después.

Fueron llevarse a la gente poco a poco. El tiempo pasaba lento y en silencio. De vez en cuando la ATS, muy maja, me decía algo, pero me limité a mirar, observar y ver pasar los minutos sin que ocurriese nada. Al menos seguía tranquilo.

Después de casi dos horas interminables, entró una celadora a por mí. Parecía que me iba a poner un poco nervioso, pero esa sensación de ir a tener un nudo en el estómago desapareció por completo y seguí tan tranquilo, que no me lo creía. Pasamos por delante de la sala de espera y se nos unió el wiccano, que resulta que nos acompañaba a la plata cinco, solo para que se volviera a bajar, porque allí me metían en una zona restringida que daba a los quirófanos.

Como el quirófano en el que me iban a operar estaba aún con el suelo mojado, me pasaron a una sala que tenía una puerta que comunicaba con aquel lugar y allí entró un chico alto que me dijo que era el anestesista y que me iba a poner la vía mientras esperábamos.

No transcurrieron ni cinco minutos cuando me pasaron adentro. Nunca había estado en un quirófano, pero era tal y como me lo imaginaba. Había un montón de gente esperándome, todos vestidos de verde, menos una chica, que dijo que también era anestesista, y que iba de morado.

Me pidieron que me pasara a la camilla donde iba a ser la operación y allí me bajaron el camisón para ponerme los electrodos en el pecho. Me iban explicando todo lo que iban haciendo con mucha precisión, supongo que porque allí dentro la gente tiende a asustarse, para saber qué iba pasando. El chico me tenía cogida la mano donde me había puesto la vía y enchufaba un tuvo. La otorrinolaringóloga se me presentó y me pusieron una mascarilla sin tenerla pegada a la cara. Me pidieron que respirase por allí mientras me daban conversación (que si había ido de vacaciones, que adonde, que en Logroño hace más frío…).

Yo, como pensaba que esa conversación me la daban para engañarme y que en cualquier momento me dormiría sin darme cuenta, les pregunté si la anestesia me la iban a pasar por la mascarilla o por la vía. Me dijeron que por la vía y entonces les pregunté si me iban a avisar de cuándo me iba a dormir. Me dijeron que sí, que quedaban un par de minutos. Mientras seguían preparándome todos alrededor de mí. Alguien me preguntó si había dormido. Le respondí que sí. “Ah, ¿Sí? ¿No has estado nervioso?”, dijo (otra vez) y yo: “Qué va”. “Qué raro”, oí por ahí.

Entonces oí: “Ya está. Ahora te vamos a coger los brazos y te vas a dormir”. Entre varios me juntaron los brazos al costado del cuerpo y oí: “¡Ahí va!”.

“Jaime, Jaime, Jaime”. Eran voces femeninas las que oía llamar a ese tal Jaime. “Javier”. Al escuchar mi nombre abrí los ojos. Se estaban equivocando al llamarme hasta que una de las chicas se dio cuenta de que no me llamaba así. Eso fue lo que vino justo después de cerrar los ojos. Claro que en medio había pasado una hora, en la que me habían operado.

Me desperté muy despejado. Volvía a estar en el sillón del principio, pero en otro lugar. Las cuatro chicas que me rodeaban se fueron y se quedó solo una a mi lado. Me preguntó qué tal estaba y yo le contesté que muy bien. Noté que tenía algo en la nariz, como si me hubieran puesto un pelota y la hubieran atado pasando una gasa por detrás de mi cabeza. En realidad sí que era como una pelota, pero de gasa, que me tapaba la nariz para absorber la sangre que pudiera salir. También noté los tapones por dentro, pero al menos en ese momento no me molestaban. Me sorprendió no sentir nada de dolor y estar bien. La chica se fue y se acercó otra. Le pregunté si había algo con lo que me pudiera mirar y me respondió que no. “¿Cómo tengo la nariz?”, pregunté. “Yo te la veo muy bien”, dijo. “¿Está recta?”. “Yo diría que sí. La tienes muy bien”, contestó la chica, y ya no me preocupé por mirarme. Lo único que había rondado por mi cabeza los días de antes era que no me torcieran la nariz en la operación, y parecía que no había ocurrido.

Me dejaron allí cerca de una hora, aunque esta vez no se me hizo tan largo. Ya me habían operado, mi nariz parecía estar bien, no tenía dolores (cosa que me aseguraron que tendría, y muchos) y miraba cómo iba y venía la gente. Allí, en la planta siete, había más movimiento que en la cuarta, donde estuve al principio.

A eso de la una de la tarde me bajaron donde estaba al principio, y ahí pudo entrar conmigo el wiccano y quedarse hasta que nos fuimos. Él me contó que después de la operación fueron a hablar con él y le dijeron que todo había salido bien y que fue más complicado de lo que esperaban, porque estaba peor de lo que parecía. Tenía toda la pinta de haber sufrido un fuerte golpe años atrás y por eso mi nariz estaba así por dentro. En cuanto me lo dijo el wiccano, recordé ese balonazo que me dejó traumatizado de por vida…

Fueron dos horas más. Allí vi al chico que habían operado antes que a mí y al rato llegó la que operaron después. Por lo que parece, ese día era el elegido para hacer tabiques nasales y nos operamos cuatro personas.

El ambiente en la sala era bueno. La ATS que había nos daba conversación y seguía sin dolores. A las tres de la tarde me dejaron levantarme para que caminara y ver si me mareaba o no, pero me encontraba perfectamente. Me quitaron esa especie de pelota de la nariz y me pusieron unas gasas para hacer de tapón por la sangre que saliera. Me dijeron que si quería en casa me lo quitara y me quedara solo con los tapones. Me dieron cita para el domingo con la otorrinolaringóloga que me operó. Me vería la nariz y me quitaría los tapones. Hasta entonces quedaban por delante tres días delicados.

Como siempre tengo que llamar la atención, pedí que me dieran la vía cuando me la quitaron y, con cara extraña, accedieron y me la llevé. También me llevé esa especie de patucos que me pusieron en los pies. Me cambié y, caminando con cuidado, nos fuimos a casa para empezar con mi recuperación. Compré todas las pastillas, suero y pomada que me dijeron y me encerré en casa hasta el domingo… con una hemorragia que me duró dos días.

Author: Javier Herce