La operación (segunda parte)

Al llegar a casa me sentía muy bien, quitando una molestia en el labio y los dientes superiores. Claro que esa sensación de bienestar tardaría poco en desaparecer. No es que me encontrase mal, pero me senté en el sofá y comenzó la hemorragia. Me quité las gasas que cubrían la punta de mi nariz, como me dijeron que podía hacer al llegar a casa, y empezaron a caer gotas de sangre, que iba limpiándome. Ya me habían advertido que sangrar sería normal, pero pasé así un día y medio hasta que paró y otro día echando un líquido que parecía agua. También aparecieron las molestias en el paladar y la garganta. Eso unido a los tapones de la nariz, los dientes y el labio dormido hacía que me costara hablar y tragar. Pasé tres días casi sin moverme del sofá. Ni siquiera dormí en la cama. Varias personas me habían aconsejado que los primeros días no me tumbara del todo, porque se me hincharía la cara.

Tampoco podía estar mucho tiempo de pie, porque era como si la operación me hubiera dejado sin fuerzas. Si intentaba hacer algo, tenía que volver enseguida al sofá agotado, como si hubiera estado corriendo kilómetros. Tenía todo el tiempo la cabeza como si alguien desde dentro estuviera empujando hacia afuera.

Así pasé desde ese jueves, sobre las cuatro de la tarde que llegué a casa, hasta el domingo por la mañana, que tenía cita en el hospital para que me quitaran los tapones. Durante ese tiempo no paré de mirarme la nariz en el espejo para comprobar que estaba recta aunque, entre lo que me habían hecho y los tapones, parecía más bien una berenjena. Al menos no se me pusieron los ojos morados ni hinchados ni nada de lo que todo el mundo me aseguró que pasaría. Seguía sin dolores. Solo con molestias que se podían aguantar y tomando doce pastillas al día, de tres tipos diferentes.

El domingo por la mañana, ya solo, fui al hospital para que me quitaran los tapones. Me dijeron que te metían una cantidad de gasa dentro que, cuando te la quitaban, era muy desagradable y que parecía que la tira de gasa no se acababa nunca. Nada más lejos de la realidad.

Entré a la consulta con la otorrinolaringóloga que me operó y, dándome una pequeña palangana de cartón para que me pusiera debajo de la cara, tiró del primer tapón con unas pinzas y después del segundo. La sensación fue como si me sacaran el cerebro por la nariz. No eran tiras de gasas, sino dos esponjas en forma de tubo, lo suficientemente gordas como para sorprenderse de que hubieran cabido dentro de la nariz y de unos diez centímetros de largo. En ese mismo momento noté cómo podía respirar por la nariz, por los dos lados, con total normalidad, algo que no había sentido en toda mi vida y, pese a que de repente del lado derecho empezó a salir un montón de sangre, me puse a llorar de emoción. La sangre caía entre mis piernas sobre el sillón, al suelo, en cantidades sorprendentes, pero me daba igual. Solo pensaba en que podía respirar. La mujer me puso un pequeño tapón en ese agujero y me dijo que no me podía ir de allí si no paraba de sangrar. Quise ayudarla a limpiar la sangre, sintiéndome culpable, pero no me dejó. Dijo que no me preocupara, que era normal. Con ese tapón seguía sangrando. Me dijo que si no paraba, tendría que ponerme el tapón de esponja otra vez. Yo no quería de ninguna manera. Me puso otro tapón de algodón algo más grueso que el anterior, y mucho más largo, con un líquido, y me dijo que esperase fuera a que dejara de sangrar. En la sala de espera habían ido llegando dos de las personas que se operaron conmigo. Mientras les atendía, esperé a que parase de sangrar. Al menos ya no caía la sangre del tapón.

Al rato pasé y me lo quitó. Había dejado de sangrar, pero por si acaso me puso otro tapón, más estrecho, para que me quitase yo al día siguiente, y me dejó ir, prohibiéndome ir al gimnasio en aproximadamente un mes, una semana de reposo relativo y tres mínimo de baja laboral. Ahí empezaba de verdad mi recuperación. Seguía respirando por la boca, pero se entendía que lo peor ya había pasado. Me esperaba una semana casi sin levantarme del sofá…

Le pregunté a la otorrinolaringóloga si se acordaba de cómo había sido mi operación, que qué me habían hecho. Me contó que estaba bastante peor de lo que pensaban, que tuvieron que enredar mucho, sobre todo del lado derecho (el que tenía peor). Tuvieron que cortar un trozo del cartílago del tabique y tirarlo. El resto lo recolocaron. Ya sabía que habían enredado mucho, por las molestias en los dientes, el paladar y el labio superior. Me habían puesto muchos puntos hasta el fondo, una vez más sobre todo en el lado derecho. Volví a recordar el balonazo…

Author: Javier Herce