Relato para una cuarentena.

«Una invitada para Anne» es un relato que escribí para añadirlo a la versión extendida de mi novela «Matar a un vampiro».

UNA INVITADA ARA ANNE.

            Londres, 1843.

Anne se miró al espejo. A veces le gustaba sentarse en su tocador y observarse con la única iluminación que la de una lámpara de aceite. Era tan joven todavía y le quedaban tantas cosas por hacer…

Cogió un cepillo y se lo pasó por el pelo, rubio y largo, que llevaba suelto. Se imaginó que las cedras en realidad eran los dedos de Wilhelm. Cerrando sus ojos se dejó llevar y exhaló un suspiro de placer.

Ay, Wilhelm. Si él supiera cuánto lo quería. No entendía qué hacía con Elizabeth. Bueno, sí que lo entendía. Una mujer tan hermosa como ella era alguien contra quien no podía competir. Se había llevado el premio casándose con el hombre de sus sueños.

Abrió de nuevo los ojos y volvió a la realidad. Llevaba puesto su vestido preferido. Con él se sentía más atractiva y a gusto consigo misma. Ese vestido la ayudaba a soñar. Wilhelm nunca la había visto con él y lo estaba guardando para esa ocasión en que pudiera deslumbrarle.

Se trataba de un vestido verde esmeralda satinado y con un escote corazón que dejaba al aire sus hombros y adivinaba dos pechos no muy grandes, pero redondos y firmes. Hasta la cintura iba drapeado y ajustado sobre un corset, abriéndose después como una flor hasta los pies. No era un vestido demasiado elaborado, pero realzaba su figura y con él se veía hermosa.

Sonrió a su reflejo. Ojalá Wilhelm pudiera verla y comprobase que se había convertido en una mujer hermosa. Alguien llamó a la puerta de su habitación. Sabía quién era. La estaba esperando. Se levantó y fue a abrir.

—Hola, Elizabeth —dijo sonriendo a la esposa de su amado.

—Hola, Anne. Recibí un mensaje suyo diciéndome que quería hablar conmigo.

—Así es. Pase, por favor.

Se apartó de la puerta y dejó entrar a Elizabeth, que estaba tan hermosa como de costumbre. Llevaba un vestido rojo con hombros de farol, manga corta, corset  y varias capas en la falda para darle volumen hasta los pies. El pelo negro lo llevaba recogido y sus labios estaban pintados tan rojos como su elegante vestido.

—Usted dirá —añadió Elizabeth entrando.

Anne fue hacia el tocador.

—No se quede de pie —dijo cogiendo la silla del tocador y apartándola un poco para hacerle señas y que se sentara.

—Gracias —dijo Elizabeth.

Se acercó hacia Anne y se sentó frente al espejo. El reflejo de las dos mujeres, una rubia y la otra morena, parecía un lienzo enmarcado.

Anne le acarició el pelo.

—Es usted tan hermosa —asintió sonriendo por el espejo—. Siempre he pensado que podríamos llegar a ser grande amigas.

—¿Era eso lo que me quería decir? —preguntó Elizabeth.

Anne se agachó y, acercándose a su oído, susurró:

—Sí.

Después le besó el cuello, descubriendo su piel suave rozándola con los labios.

—¿Qué está usted haciendo? —dijo Elizabeth sorprendida, aunque sin poder evitar exhalar un gemido e, inconscientemente, ladeando la cabeza para que Anne continuase.

—Déjese llevar —insinuó Anne volviendo a besar su cuello, esta vez sacando la lengua y acariciando con ella debajo de su oreja.

Elizabeth gimió.

—Esto no está bien —dijo, con poca convicción.

—Claro que lo está. ¿Acaso no le gusta?

Anne levantó una mano y la posó en el pecho de Elizabeth. Esta giró la cara y le mostró sus labios carnosos. Anne se acercó más hasta posar en ellos los suyos. Elizabeth no la rechazó. Al contrario. Separó los labios dando la bienvenida a su lengua.

Se puso en pie separándose se Anne. Esta pensó que se iría, pero no fue así. Casi sin poder creérselo, vio cómo Elizabeth se soltaba el pelo, se deshacía de su polisón y del resto de su vestido, quedándose solo con el corset puesto, que dejaba sus pechos al descubierto. Comprobó que no llevaba ropa interior al ver el sutil vello púbico asomando por debajo del liguero.

No pudo resistirse. Su plan estaba saliendo mucho mejor de lo que había imaginado. Dio dos pasos hacia adelante, se agachó y besó sus pechos, saboreando después uno de sus pezones. Con una mano acarició el corset de Elizabeth, bajando hasta ponerla entre sus piernas y acariciar el fruto que tantas veces había saboreado Wilhelm. Eso la excitó aún más.

—Sí —gimió Elizabeth acariciándole el pelo—, sí, sí…

Anne, con su otra mano, se tocó la espalda y, sin dejar de frotar el sexo de Elizabeth, sacó de su vestido un cuchillo que tenía escondido allí, y con energía subió el brazo hasta dejarlo estirado.

Miró hacia arriba. Unas gotas de sangre le cayeron en la cara. El cuchillo le había entrado a Elizabeth por la garganta y salido por la boca. Con las manos intentaba coger algo en el aire, mirando al frente en estado de shock.

Anne sabía que tenía muy poco tiempo, así que retiró el cuchillo, se levantó y lo volvió a clavar, esta vez en el pecho, después en el vientre, atravesando el corset, y otra vez en el cuello.

Elizabeth cayó al suelo casi desfallecida y Anne la cogió del pelo para que permaneciera en esa posición. Le puso el cuchillo en la garganta y cortó con fuerza hasta que el cuerpo cayó al suelo y se quedó la cabeza en la mano.

Se la acercó a la cara y la miró.

—Ya no se le ve tan hermosa, señora Burke.

Cogió impulso con el brazo y, con toda su rabia, lanzó la cabeza de Elizabeth hacia la ventana, cuyos cristales saltaron en mil pedazos.

Entonces se despertó sobresaltada y se sentó en la cama. Era de noche y la luz de la luna entraba por su ventana, que permanecía intacta.

Respiró aliviada. Todo había sido un sueño. Volvió a tumbarse y, pensando en la escena, bajó una mano por su cuerpo y se tocó entre las piernas. Había sido tan sensual y terrorífico, que se volvió a dormir con el éxtasis de sentir los dedos frotando su sexo.

Author: Javier Herce