¿Sueños rotos?

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A veces me da por pensar en todo el tiempo que llevo trabajando, luchando y esforzándome por cumplir el sueño de convertirme en un gran escritor.

Un día, al final de mi adolescencia, cuando era un joven lleno de ilusión y ganas de comerme el mundo, un devorador de libros (alguno me duraba una semana, alguno un día), decidí que quería ser yo el que crease esas grandes historias como las que me gustaba leer, sobre todo las de terror. Ahí empezó a gestarse mi mundo de vampiros que me ha acompañado durante años con “Matar a un vampiro” y “La venganza del vampiro” (incluso tengo apuntes para una tercera parte, una historia paralela) y, después de tardar cuatro años en acabar esa primera novela, se me ocurrió otra historia que también me ha acompañado durante años, la de Bruno.

En dos mil seis se publicó mi primera novela (aunque no fue la primera escrita), mientras terminaba una tercera, la cual al año siguiente ganaba el IX Premio Odisea e hizo que todo mi mundo cambiara, que esa ilusión y ese esfuerzo se viera recompensado. Buenas críticas, reportajes en revistas, viajes en avión, muchas entrevistas, gente que me reconocía por la calle, blogs que me criticaban por pertenecer a lo que se llamaba por entonces la re-movida madrileña. Bueno, criticaban por criticar, ya lo decía Alaska.

Después de esa gran subida, vino la estabilidad y la bajada. El mundo Odisea se fue desinflando (porque ellos quisieron) y aunque mi mejor trabajo de esa época estaba aún por llegar, “El chico del gorro rojo” (2011), mi novela de Odisea más comentada por mis lectores y que hoy en día siguen recordándome, nada fue igual. Odisea murió a la par que yo me adentraba en el mundo del terror, el más difícil de todos y el menos agradecido. Editoriales pequeñas que se movían por amistad y publicaban a los mismos, tiradas muchísimo más pequeñas de lo que estaba acostumbrado, gente que te dice que te va a apoyar y que después no lo hace… Yo estaba dispuesto a convertirme en un gran escritor de terror dándole un poco la espalda a mi época en el drama y la romántica. No es que saliera mal, pero fue demasiado esfuerzo para tan poca recompensa. Perdí muchísimos lectores que no estaban interesados en el terror, las editoriales no me abrían sus puertas… Aunque las críticas seguían siendo buenas y de eso nunca me he podido quejar.

Llegó un punto, en dos mil catorce, que me planteé dejar de escribir para siempre, pero no lo hice. Cuando ese mismo año Nowevolution confió en mí para publicar “Zementerio” (cuando estaba apunto de desechar esa novela para siempre), supe que había llegado el momento de cerrar una etapa y abrir otra. Ese ciclo lo marcaría la salida de esta novela en dos mil quince. Supe que todo quedaba atrás y que había llegado el momento de empezar de cero, volver a mis raíces e ir a por todas con “Piensa en mañana”, que ese mismo año aceptó Nowevolution, pero que tardó dos años en publicarse.

No me importó esperar. Dejaba atrás toda una etapa en la que, haciendo balance, había estado más perdido que otra cosa. Tenía puestas todas mis esperanzas en “Piensa en mañana”, en la renovada historia de Bruno, mi vuelta al drama y mi nueva ilusión con la escritura. Para cuando se publicó, en dos mil diecisiete, ya tenía otro drama acabado y estaba terminando otro de corte juvenil. La novela salió y ese mismo año, por sorpresa, me aceptaron “La casa Ferrer” en Wave Books, cuando había dicho que no volvería a publicar terror.

Esas dos novelas daban lo mejor de mí como escritor y pensé que por fin había llegado el momento de que la gente viera lo que podía dar. ¿Qué pasó? Pese a que “Piensa en mañana” ha agotado su primera edición, la editorial está muy contenta y a punto de publicarme la nueva novela, yo no he visto la respuesta que esperaba en la gente. Las críticas han sido muy buenas. Mis lectores habituales me han hecho llegar comentarios alucinantes, pero no ha habido una respuesta general en cuanto a reseñas en blogs, entrevistas y demás cosas que con otras novelas sí ocurrían. Una de cal y una de arena como se dice.

En cuanto a “La casa Ferrer”, la respuesta fue inmediata en cuanto a reseñas, entrevistas y difusión en redes sociales, cosa que no se ha traducido en ventas. Algo que no termino de entender, aunque se puede considerar normal cuando solo se vende por internet y en un par de librerías.

¿Qué ocurre con todo esto? Después de doce años desde la publicación de mi primera novela, todo el esfuerzo puesto, lo que he aprendido, espero que mejorado, y el currículum que he ido acumulando… Todo sigue igual. Tengo la sensación de que los pasos conseguidos, los peldaños subidos, son tan pequeños, que no noto gran diferencia de cómo estaba hace diez años a como estoy ahora.

Sé que he de tener paciencia, que con “Piensa en mañana” empezaba de cero, pero a veces uno se desilusiona viendo que pone tanto esfuerzo en alcanzar un sueño y ve que se va rompiendo más que cumpliéndose.

Cada vez es más difícil hacer que una editorial te escuche. Ya no que te acepte un manuscrito, sino que simplemente te quiera leer, pese a la experiencia que demuestras, los premios y las buenas críticas. Nada de eso sirve. Las cosas siguen igual que cuando me planteé dejar de escribir, y eso que han pasado casi cuatro años. yo diría que incluso están peor.

Aunque te hayan publicado once libros, si no tienes miles de seguidores en las redes sociales, no eres nadie para las editoriales. Así es como funciona ahora. Yo he dicho muchas veces que no soy interesante en las redes. Un calvo gótico no es lo que se lleva ahora mismo. Bueno, no se ha llevado nunca.

Estos días estoy metido de lleno en la escritura de una nueva novela que me está devolviendo la ilusión después del parón del que tanto he hablado.

Lo que sí ha cambiado en estos cuatro años es que ahora no me planteo dejar de escribir, sino que me planteo seguir intentándolo, al menos hasta que el sueño esté tan roto, que no pueda juntar los pedazos.