Todo lo bueno se acaba

Como todo en esta vida, lo bueno siempre acaba, tarde o temprano. Una vez más, las vacaciones no iban a ser menos. Han sido dos semanas que me he tomado más como unos días de desconexión que como unas vacaciones, porque en quince días la verdad es que no da mucho tiempo de descansar del ritmo diario de seis meses.

Estas vez quería hacer algo diferente a otras. Todo estaba pensado y preparado. Las vacaciones iban a coincidir con mi cumpleaños y este año quería celebrarlo en mi Logroño natal, por ser el décimo que paso fuera de allí y no haberlo celebrado en mi ciudad desde entonces. Los primeros días de fueron para descansar un poco, de relax, pero el miércoles empezaba un estrés que sabía que tendríamos los cuatro: el wiccano, las dos perras y yo. Un viaje así puede llegar a ser bastante agobiante, sobre todo si vas a una casa en la que os tenéis que meter todos en la misma habitación con una cama de noventa y un sofá. Mi madre cedía su habitación, pero yo necesitaba estar en un colchón en el que habitualmente no durmiera un gato, porque sí, allí hay un gato (dato importante para mi alergia) y otro perro de mi hermano.

El miércoles, seis, por la noche llegábamos a la estación de tren de Logroño para pasar allí dos días y tres noches. Sabíamos que no íbamos a descansar demasiado, como así fue. La alergia no me dio demasiada guerra, porque tuve todo el día la ventana abierta y pasé muchas horas en la calle. Con el paso de los años aprendes a vivir con ello y a hacer lo posible para que los ataques asmáticos no aparezcan. El jueves fue el día del cumpleaños, el motivo del viaje a Logroño. Tenía varias cosas que quería hacer ese mismo día, como comer con mis hermanos en casa de mi madre, quedar con Alberto y Mónica, los Láudano, y visitar la tumba de mi padre.

Por la mañana nos fuimos a dar una vuelta para recordar la ciudad, ver cómo había cambiado, cómo había aflorado el comercio después de la crisis, traer tantos recuerdos a la memoria, recordar por qué me fui… Eso es algo que necesito hacer de vez en cuando. Era un día importante en mi vida, ya que ese cumpleaños marcaba un cambio de etapa, y quería que fuera diferente y especial. Solo con estar celebrándolo en Logroño diez años después de irme de allí era suficiente.

A las doce quedamos con Alberto y Mónica en la cafetería Dante, en la calle Chile. Fue una charla especialmente importante, ya que tratamos temas musicales. Habíamos quedado en que trabajaríamos juntos Alberto y yo pero, aunque nos vimos en su concierto en Madrid, allí no pudimos hablar de nada y aprovechamos la visita a Logroño para tratar el tema. Después de quedarme sin productora musical al lanzar mi primer single, “Invítame A volar”, que él se ofreciera a ayudarme a seguir con la música fue algo impresionante, ya que él es un músico al que admiro muchísimo desde hace años y sé que vamos a hacer grandes cosas juntos. en esa cafetería hablamos de cómo hacerlo en la distancia y concretamos los pasos a seguir para mis segundo single y puede que tercero. Veremos cómo transcurren las cosas, pero de aquí solo pueden salir cosas buenas.

La comida en casa de mi madre con mis hermanos, sobrinos, tres perros y un gato fue como solo podría ser en esas circunstancias. Hubo de todo menos silencio. Yo ese día quería comer con mi hermano gemelo, para ver si eso servía después de tanto tiempo. La verdad es que disfruté. La intención original nos e cumplió exactamente, pero estuvo mejor de lo que esperaba, pude estar con mis sobrinos y vi a mi madre feliz con sus tres hijos juntos.

La tarde de cumpleaños la pasé con mi padre. Es curioso que tenga que morirse para que podamos estar juntos. Allí en el cementerio, frente a su tumba, me vinieron tantas cosas a la cabeza, tantos porqués… Solo hace diez meses de aquel accidente y aún no me lo puedo creer. Jamás sabré qué le pasaba por la cabeza. Prefiero pensar que todo iba bien y que lo demás es un espejismo…

El resto del viaje a Logroño lo pasamos paseando, quedando con mis primas Mati Ly y Noemí, con mi tío Rafa, y poco más. El sábado por la mañana salía el tren de regreso a Madrid y llegamos a casa verdaderamente agotados de tres días sin parar, durmiendo muy, muy poco y necesitábamos reponernos, sobre todo las perras, que nada más pisar la casa, durmieron sin parar durante tres días.

Ahí empezaba de verdad las vacaciones. Una semana y dos días para relajarse y disfrutar de no hacer nada, o hacer mucho, pero a fin de cuentas lo que a uno le apeteciera. Ese era el plan.

Pese al cansancio, esa noche fui a Medias Puri, por supuesto, quedando aún más agotado, pero el lunes empezó ya de verdad el relax y la semana transcurrió tranquila, aunque rápida. Eso sí, no conseguí dormir ni una sola noche bien. Al menos desconecté y, aunque no hice grandes cosas, sí que hice lo que me dio la gana, que para eso están las vacaciones.

Para despedirlas, el domingo día diecisiete, hice algo diferente, algo que quería hacer desde hacía mucho tiempo. Por fin me dieron permiso y despedí esas dos semanas de desconexión por todo lo alto…

 

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