Un viaje a Logroño diferente (parte 1)

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No podía acabar mi semana de vacaciones de una forma más intensa, la verdad. Hacía tiempo que tenía planeado acabarlas pasando el fin de semana en Logroño, pero de lo que no me había dado cuenta, por la falta de costumbre, era de que coincidiría con las fiestas de San Bernabé, patrono de la ciudad. No pasaba allí esas fiestas desde el año dos mil siete, por lo que el viaje me apetecía más, ya que vería y recordaría un montón de cosas once años después. También coincidía con el día de La Rioja, con lo que era la mejor forma de celebrarlo, pasándolo en mi tierra natal. En el viaje también aprovecharía para entrar en el estudio de grabación una vez más.

El viernes ocho cogía temprano el autobús en un viaje que se me hace siempre muy largo, aunque intento mantenerme entretenido escuchando música, leyendo, jugando con el móvil, escribiendo… Cuatro horas y media dan para mucho.

Nada más llegar y salir de la estación, los recuerdos volvieron una vez más a mi memoria. Recuerdos de un crío que tenía sueños que necesitaba cumplir, una vida con la que debía volar y un destino que no estaba en esa ciudad. Un día se fue de allí pensando que podía dejar todo atrás, pero una parte de él se quedó en esa ciudad para siempre, un pedazo de su ser que jamás recuperaría. Hace diez años que se fue y aún no se ha acostumbrado. Puede que no lo haga nunca.

Quedé con mi madre para ir juntos a casa y allí estaba mi hermano. Al otro lo vería el domingo, ya que iba a estar fuera con mis sobrinos. Entrar de nuevo en mi habitación, que permanece como la dejé, aunque más vacía, me trajo de nuevo diez años atrás, cuando necesitaba respirar y ese cuarto era mi mundo, mi jaula de barrotes de hierro, donde me sentía seguro pero, a la vez, de donde quería salir y no volver.

Me dio por pensar en cómo son las cosas y cómo puede cambiar todo sin que te lo esperes. ¿Quién me iba a decir que, diez años después, aquello iba a ser así? en dos mil siete éramos cuatro personas viviendo en una casa llena de cosas, con estanterías abarrotadas y siempre en movimiento. Ahora hay un silencio ensordecedor en esa casa. Mi padre está muerto, yo ya no estoy allí y las cosas han ido desapareciendo. Es la sensación parecida a ver una ciudad devastada por la guerra. Realmente triste.

Como aún no era ni la una de la tarde, le dije a mi madre si se venía conmigo al cementerio y nos fuimos para allí, donde me esperaba, sin moverse, pacientemente, mi padre enterrado. Ha pasado un año y medio desde aquel accidente de tráfico y sigo sin creérmelo. No deja se sonar irónico que se haya tenido que morir para que podamos volver a estar juntos y pueda verlo cada vez que vaya a Logroño. Otra de las consecuencias de la “ciudad devastada por la guerra”.

De allí nos fuimos a casa a comer para volver a marcharnos a dar un paseo, esta vez viendo de verdad que empezaban las fiestas patronales. Había mucha gente por la calle y se notaba vida en la ciudad, pese a que la lluvia iba y venía. Claro, con la gente en la calle, empezó algo que se repitió durante todo el fin de semana y que con el tiempo me había acostumbrado a que dejara de ocurrir. Viviendo en la misma ciudad que mi hermano gemelo era común que nos confundieran por la calle y no le dábamos mayor importancia, pero después de diez años fuera, como es normal, había dejado de ocurrir. Evidentemente nadie me va a confundir con mi hermano en Madrid. Estando en Logroño (y debido a que en los últimos años Pablo ha trabajado en cafeterías, lo que ha hecho que mucha más gente lo conozca, sobre todo gente mayor) empezó de nuevo y se me había olvidado lo pesado que es que te paren cada dos por tres para llamarte Pablo y preguntarte qué tal. Cuando has explicado cuatro veces que no eres él y que sois gemelos, a la quinta ya no hace gracia, pero bueno, lo comprendo y como anécdota, resultaba hasta gracioso, sobre todo para mi madre.

Todo el centro y el casco antiguo estaba lleno de puestos medievales, artesanales, de juegos, comida… dimos un largo paseo por los rincones de Logroño que tantas veces había visto en mi día a día y que ahora son el recuerdo de otra vida, como si aquel Javier hubiera sido una persona y aquella etapa fuera una historia que me han contado. Resulta muy extraño, porque tengo la sensación de haber vivido dos vidas completamente diferentes.

Sitios que han cambiado mucho, otros que ya no existen, lugares nuevos, gente muy cambiada y muchísima gente nueva. Logroño es una ciudad en la que todos o te conocen, o conocen a alguien que te conoce, o a algún familiar tuyo, o directamente es familiar. El caso es que por una cosa o por otra, quien más y quien menos, todos saben quién eres. De repente me veía en un lugar en el que no sabía quién era nadie, aunque a mí me conocían muchos… con el nombre de Pablo, pero bueno…

Al acabar el primer día no tenía la sensación de estar demasiado cansado, aunque sí tenía sueño por haber madrugado y por el viaje, así que me acosté pronto en la que fue mi cama durante tanto tiempo, mi confidente y la dueña de todos mis secretos y sueños.

Me libré de la alergia animal. Parece que ya hemos sabido cómo hacerme compatible con la gata de mi hermano. Cuando voy la habitación está siempre cerrada con la ventana abierta y limpia de pelos por ninguna parte. Sábanas recién lavadas y con la prohibición de que la gata se cruce conmigo y esté en la misma estancia que yo… Toda precaución es poca.

Fin del primer día. Al amanecer me esperaba una buena jornada en el estudio de grabación, así que por el bien de mi voz, tenía que descansar.