Un viaje a Logroño diferente (parte 3),

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El segundo día en Logroño, sábado nueve de junio, día de La Rioja, estuvo protagonizado por mi trabajo en el estudio de grabación, pero no fue lo único que hice, ya que aproveché todo el tiempo libre paseando por la ciudad con mi madre, viendo los puestos artesanales y medievales que había por todo el casco antiguo, recordando mi infancia con el tragantua, los gigantes y cabezudos y las calles repletas de gente de la ciudad que en su día me dio la vida.

No quería perder demasiado tiempo en casa, ese lugar silencioso, vacío, repleto de demasiados recuerdos, y de paso alejar un posible ataque de alergia por la gata de mi hermano. Además, mi madre estaba disfrutando tanto, que eso me animaba más a estar en la calle con ella, los dos solos, como los mejores amigos que habíamos sido cuando vivíamos bajo el mismo techo. No es que ya no lo seamos, pero cuando vivía en Logroño llevábamos una relación muchísimo más estrecha, ya que pasábamos muchas horas juntos, muchas charlas y momentos compartidos.

Es curioso, porque otras veces no me había ocurrido, pero las dos noches pasadas en Logroño dormí una barbaridad. Yo que no estoy acostumbrado a dormir más de cinco o seis horas al día, allí la primera noche dormí ocho y la segunda… ¡Diez! No tengo explicación para eso, solo que me despertaba y decía “un poco más”. Puede que la cama que me arropó tantos años decidiera atraparme para que disfrutásemos de nuestra compañía el mayor tiempo posible.

Desperté el domingo, mi tercer y último día en Logroño, con más ganas de pasear. Primero me fui solo, quedando con mi madre en que me avisaría para ir con mi hermano Jesús y mis sobrinos a dar otro paseo antes de comer y así los veía. Aproveché que la Casa Del Libro de allí estaba abierta y les compré unos libros a mis sobrinos, de tres y doce años. A él uno de La Patrulla Canina, que sé que le encanta, y a ella el diario de Ana Frank, un libro que pienso que todo el mundo debería leer y del que sé que ella puede aprender muchas cosas sobre la vida.

Me reuní con ellos, aunque mi cuñada no estaba, y dimos otra vuelta por los puestos medievales. Después mi madre y yo nos fuimos a comer y me di otro paseo. Creo que ni cuando vivía allí paseaba tanto por la ciudad, pero necesitaba vivirla el mayor tiempo posible. Además, tenía que comprar las fardelejos de costumbre para el wiccano y para NaT antes de ir a casa de mi hermano para despedirme de mis sobrinos y ver a mi cuñada.

Al volver a casa a por la maleta, la despedida de mi habitación se hizo más dura que nunca. Me senté en mi sofá y rompí a llorar. Sabía que mi vida está en Madrid, que en Logroño ya no está mi hogar, pero dolía demasiado. Había sido un viaje diferente, inolvidable, que había disfrutado muchísimo, pese a que me faltase el wiccano. Al conseguir calmarme, salí de la habitación y nos fuimos mi madre y yo a casa de mi hermano. Conozco muy bien a mi familia y sé que a mi madre y a Pablo les pasó lo mismo que a mí al irme, pese a que Pablo casi no compartió tiempo conmigo (yo ya no juzgo. Cada uno que haga lo que quiera y cada uno es como es, aunque sé que él estaba deseando que no me fuera). Esperando al ascensor rompí otra vez a llorar y mi madre me acompañó en el llanto diciéndome que cada vez le costaba más despedirse de mí. Puede que nunca nos acostumbremos.

En casa de mi hermano pudimos estar poco tiempo, porque se nos había echado la hora encima y, al llegar el momento de irse, mi madre y yo nos fuimos a la estación. Allí me subí al autobús para vivir otro momento triste. Los cristales eran tintados y ver a mi madre allí fuera buscándome sin ver nada, aunque por Whatsapp le decía que me tenía justo en frente, fue la cosa más triste de todo el viaje. De nuevo con lágrimas en los ojos el autobús empezó a moverse y la vida real me acogió de nuevo a cuatrocientos veinticinco kilómetros en un viaje que hace años hacía para visitar Madrid y ahora lo hago para visitar Logroño.

Pese a lo triste de la despedida, creo que ha sido la mejor visita que he hecho a Logroño desde que vivo en Madrid. Será por haber sido las fiestas patronales y haber vivido la ciudad de una forma muy diferente, pero estos tres días tardaré en olvidarlos.