Arrodillarse ante el silencio

Hay momentos en los que el mundo deja de pedir respuestas.

La niebla borra el horizonte. El camino desaparece. Los nombres, las obligaciones y el ruido quedan lejos. Solo permanecen la tierra húmeda, la oscuridad de la ropa, el frío sobre la piel y una respiración que poco a poco recupera su verdadero ritmo.

Arrodillarse no siempre significa obedecer.

A veces significa detenerse.

Renunciar durante unos minutos a la necesidad de controlar lo que ocurre, comprenderlo todo o decidir inmediatamente cuál debe ser el siguiente paso. Reconocer que también existe una forma de fortaleza en bajar la cabeza y escuchar.

Vivimos rodeados de voces que nos dicen quiénes debemos ser, qué debemos desear y a qué velocidad tenemos que avanzar. Nos enseñan a interpretar papeles, a ocultar lo diferente y a presentar una versión aceptable de nosotros mismos. Pero el silencio no exige ninguna máscara.

En el silencio puedo presentarme tal como soy.

Con mis certezas y mis dudas.
Con mi luz y con mi oscuridad.
Con lo que he superado y con aquello que todavía duele.
Con mi forma de amar, de sentir y de buscar.

La figura arrodillada en medio de la niebla no espera una respuesta espectacular. No necesita que el cielo se abra ni que una voz revele el sentido de la existencia. Quizá solo necesita permanecer allí el tiempo suficiente para recordar algo que el ruido había ocultado: que sigue vivo, que sigue buscando y que todavía puede elegir cómo recorrer el camino.

La niebla no es únicamente confusión. También puede ser protección.

Cuando no vemos demasiado lejos, dejamos de vivir obsesionados con el destino y prestamos atención al siguiente paso. El futuro deja de ser una inmensidad amenazante. Solo existe el suelo que tenemos delante, el aire que entra en los pulmones y la posibilidad de continuar.

La oscuridad tampoco es siempre ausencia de luz.

Hay verdades que únicamente aparecen cuando los focos se apagan. Hay partes de nosotros que necesitan la noche para dejar de esconderse. La espiritualidad no debería expulsar esas zonas oscuras, sino enseñarnos a habitarlas sin miedo.

Por eso me atraen los monasterios, los cementerios, las ruinas, las campanas lejanas y los caminos cubiertos de niebla. No porque desee vivir en la tristeza, sino porque esos lugares recuerdan algo que el mundo moderno intenta olvidar: todo es frágil, todo cambia y nuestro tiempo es limitado.

Esa conciencia no tiene por qué conducir a la desesperación.

Puede conducir a la verdad.

A vivir sin traicionarnos.
A decir lo que importa.
A amar sin vergüenza.
A dejar de aplazar la vida.
A entrar en nosotros mismos sin miedo a lo que podamos encontrar.

Hoy no necesito comprenderlo todo.

Hoy me basta con detenerme, respirar y escuchar.

En algún lugar detrás de la niebla continúa el camino. Pero antes de seguir avanzando, permanezco unos minutos en silencio.

No para huir del mundo.

Para regresar a él siendo un poco más yo.

Author: Javier Herce