Dejar morir los viejos símbolos

Llega un punto en que ciertos símbolos dejan de sentirse como autoexpresión y comienzan a sentirse como herencia.
No todo lo que vestimos nos pertenece.
No todo lo que repetimos sigue hablando de quiénes nos estamos convirtiendo.
A veces llevamos imágenes, gestos, estéticas, lenguajes visuales enteros, mucho después de que hayan dejado de decir la verdad.
Últimamente he estado pensando mucho en eso.
En lo que significa despojarse de símbolos que alguna vez se sintieron bellos, dramáticos, familiares, incluso protectores, y darse cuenta de que la familiaridad no es lo mismo que el significado. Que la repetición no es lo mismo que la identidad. Que algo puede ser visualmente impactante y aun así ya no ser mío.
Hay una extraña especie de silencio en ese momento.

No una pérdida.

Un despeje.

Un umbral entre lo que fue prestado y lo que es elegido.

Me siento cada vez más atraído por símbolos que se sienten más oscuros, más silenciosos, más personales. Llaves negras. Rosas negras. Murciélagos negros. Calaveras negras. No como decoración por la decoración misma, sino como fragmentos de un lenguaje que se siente más cercano a la verdad. Misterio. Mortalidad. Noche. Belleza. Puertas cerradas. Seres ocultos. Supervivencia. La ternura dentro de la ruina.

Estos símbolos no piden explicación.

No representan creencias.

No se apoyan en significados heredados que nunca fueron del todo míos.

Simplemente existen en mi mundo y hablan mi idioma.

Hay algo poderoso en elegir tu propia iconografía. En negarte a que tu imagen sea moldeada por símbolos que cuentan historias que no quieres narrar. En comprender que el estilo nunca es solo estilo. También es memoria, instinto, proyección, armadura, deseo. Es la forma visible de lo que vive debajo.

Esto no es un rechazo dramático del pasado.

Es algo más sereno.

Más preciso.

Más honesto.

Un desprendimiento.

Una negativa a seguir vistiendo lo que ya no me representa.

No me interesa volverme menos oscura.

Si acaso, quiero ser más exacta. Más intencional.
Más plenamente yo misma.
No más fuerte. Más clara.
Así que no se trata de abandonar la belleza.

Se trata de encontrar la belleza que realmente me pertenece.
La que no necesita símbolos prestados.
La que surge de mis propias sombras.
Algunas cosas deben dejarse atrás, no porque carecieran de significado, sino porque ya no pertenecen a la persona que está aquí ahora.

Y a veces, lo más honesto que puedes hacer es dejar morir los viejos símbolos, para que algo más auténtico pueda finalmente revelarse.

Author: Javier Herce