
Durante años intenté convertirme en alguien que encajara.
Sonreír cuando tocaba. Actuar como se esperaba. Esforzarme por parecer “normal”.
Con el tiempo entendí que el problema no era ser diferente. El problema era pasar la vida intentando ocultarlo.
Descubrir que soy autista no cambió quién soy. Cambió la forma en la que entiendo toda mi historia.
Ahora ya no quiero parecerme a nadie.
Quiero ser cada día un poco más yo.
Quizá todos, autistas o no, llegamos a un momento en el que dejamos de vivir para cumplir expectativas y empezamos a vivir para ser auténticos.
Y, curiosamente, es ahí donde uno empieza a sentirse libre.





