Esperar, esperar y esperar… A veces pienso que mi vida siempre ha sido esperar a que no ocurra nada. Una y otra vez.
Ahora la espera es para algo concreto y la semana que viene por fin sabré quién soy, o quién no soy, o si no hay nada en realidad. Una incertidumbre que ronda mi cabeza las veinticuatro horas del día desde hace más de un mes. Supongo que he hecho lo correcto y que lo necesitaba. Solo unos días más, Javier.
Mientras tanto sigo preparando la escritura de la próxima novela documentándome sobre el Madrid de principios de los ochenta y descubriendo lugares míticos que me gustaría introducir, como ya hice con el Pasapoga en “Me llamo Anabel”.
También le estoy dando vueltas porque anoche le comenté al wiccano de qué iba esta nueva novela y me insinuó que la trama quizá se pareciera un poco a una de mis últimas historias, la novela Pose, y creo que tiene razón. Lo raro es que no me hubiera dado cuenta yo. Será que en mi cabeza son historias completamente diferentes, aunque es verdad que tienen similitudes y debería de pensar en algún giro que las aleje un poco a las dos. No lo sé.
Tic, tac, tic, tac, tic, tac…





